Tierra roja, cine y poesía para contar la Amazonía
El documental dirigido por Pedro Favaron, docente del Departamento de Humanidades, fue seleccionado para la Competencia Oficial del 30 Festival Internacional de Cine de Lima PUCP. La película recoge veinticinco años de convivencia con comunidades shipibo-konibo en Ucayali, y una larga experiencia de investigación y creación en torno a los saberes indígenas.
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El recorrido de los árboles amazónicos desde el bosque hasta la ciudad de Pucallpa es el hilo que atraviesa Tierra roja, ecopoética audiovisual de la Amazonía peruana, el largometraje de Pedro Favaron que explora las huellas de la economía extractiva en Ucayali, y su impacto sobre las comunidades y los saberes indígenas. La película, ganadora del CAP de Creación 2025, ha sido recientemente seleccionada para la Competencia Oficial del 30 Festival Internacional de Cine de Lima PUCP, donde presentó una propuesta que se aleja del documental convencional y apuesta por un lenguaje experimental y poético.
Docente del Departamento de Humanidades, Favaron mantiene un fuerte vínculo con comunidades shipibo-konibo de Ucayali. En esta entrevista, cuenta cómo esa experiencia se convirtió en una búsqueda cinematográfica y qué lo llevó a elegir una forma distinta de contar la Amazonía.
Para empezar, ¿cómo surgió la idea de hacer Tierra roja, y qué relación tiene con su trayectoria de investigación y creación en Ucayali?
Llevo años viviendo en Ucayali. Estoy empadronado en la comunidad nativa Santa Clara de Yarinacocha. Por el momento, vivo más tiempo en Lima, pero mi casa también está allá. Siento ambos territorios como propios. Antes de ingresar a la PUCP, ya había realizado trabajos audiovisuales de carácter divulgativo (ver recuadro) para comunicar mis investigaciones, algo vinculado también con mi formación en comunicación. Poco a poco, surgieron proyectos más ambiciosos, a medida que me entusiasmaba y reforzaba mi compromiso con la región amazónica. Cuando ingresé a trabajar en la Universidad, descubrí el inmenso apoyo del VRI a la creación y a la investigación, lo que me permitió pensar en proyectos audiovisuales de mayor alcance.
¿Cómo se relacionan su vínculo con Ucayali, su trabajo académico y su propia experiencia artística con la decisión de hacer una película de carácter experimental y poético, en lugar de un documental más convencional?
Yo hago tanto trabajos audiovisuales experimentales como otros más convencionales. Estos documentales también son muy importantes porque son materiales informativos y pedagógicos. Si bien soy una persona académica, trato de cultivar una intelectualidad más orgánica, para ir permanentemente más allá de los claustros y también escuchar más allá de ellos. Como he sido curador de arte indígena, también me interesa llevar estos saberes y expresiones a los espacios académicos, expositivos y, en este caso, al cine. Lo audiovisual nos permite esa llegada más amplia.
Sin embargo, por momentos, también experimento la necesidad de plasmar mi mirada en audiovisuales más poéticos, en los que pueda dar cuenta de dimensiones más hondas de mis aprendizajes y experiencias en la región amazónica. Siempre digo que aquello que más agradezco de mi convivencia con la familia de mi esposa (la artista Chonon Bensho), con los sabios de nuestra familia, con las plantas y con el territorio, es aprender o reaprender a pensar con el corazón. Este pensamiento del corazón precisa también de una dimensión distinta de experimentación estética.
“A diferencia del conocimiento científico, que conoce desde la distancia objetiva, el conocimiento poético lo hace desde la inmersión, la participación empática y desde una racionalidad afectiva”.
Por eso, no se trata de experimentar en la forma de hacer audiovisuales y de alejarme de lo convencional por un capricho o una suerte de elitismo vanguardista. Hay momentos en los que la necesidad expresiva, y sobre todo una necesidad expresiva en diálogo con lo indígena, exige romper formas lineales. Pero como quiero que la película sea vista por todo tipo de espectadores, y principalmente por el público ucayalino, trato de ser mesurado con la exigencia rítmica. Por eso, mido mi grado de experimentación y no trato de llevar al espectador al límite.
La película no solo busca mostrar una realidad, sino también transmitir una determinada forma de mirar y relacionarse con la vida. ¿Qué quisiera transmitirle al espectador desde esa mirada?
Hay situaciones fuertes que se muestran en la película que, desde algunas miradas de las zonas más acomodadas de la capital, podrían parecer experiencias de vida precarias o caóticas. Y sin duda habría una dimensión cierta en esa apreciación. Sin embargo, para nosotros, desde una perspectiva ucayalina, también hay, en esas maneras de habitar la tierra y de relacionarnos entre nosotros, mucho dinamismo, creatividad, valores y cuidado de la familia. Así como nosotros tenemos cosas que aprender y mejorar, también hay una matriz de saberes ancestrales que el resto del mundo necesita escuchar para aprender a relacionarse nuevamente con la vida de una forma más sabia. El pensamiento de los pueblos indígenas tiene algo profundo que enseñar a una sociedad cuya atención y cuya alma están cada vez más atrapadas por las pantallas. Por eso, mi pensamiento y mi propuesta audiovisual no pretenden ser modernos en un sentido hegemónico, copiando modelos filosóficos y artísticos de otros lados de forma acrítica, sino en construir un lenguaje propio a partir de nuestras sensibilidades y de nuestros territorios.
Un equipo local
Tierra roja fue realizada, casi en su totalidad, por profesionales de Ucayali. La única excepción es Ariosto Arata, que estuvo a cargo de la musicalización, productor formado en Berklee (Boston), y con trayectoria en Nueva York, Londres y Madrid. La producción ejecutiva fue de Pedro Favaron e Ina Mayushin; la producción de campo, de Marcio Pérez; y la dirección de fotografía, de Reynaldo Vela.
¿Qué significa para usted que Tierra roja haya sido seleccionada para la Competencia Oficial del Festival de Cine de Lima PUCP y que fuera proyectada tanto en salas comerciales, como Cineplanet Alcázar y San Miguel, como en el Teatro NOS de la PUCP?
Yo no me considero un cineasta profesional. No hago una película pensando en la cantidad de público, en la cartelera o en criterios comerciales. Creo que puedo hacer algo bueno, pero con modos de producción y formas de realizar el trabajo distintas, con menos despliegue, con más reposo y sutileza. He querido hacer arte por una necesidad expresiva y respondo a ella. No creo compartir los mismos derroteros reflexivos, ideológicos, estéticos ni la misma sensibilidad de buena parte de la industria del cine (mundial, pero también regional). Tengo una apuesta muy personal, lo cual siempre trae el riesgo de la incomprensión. Por eso, que desde esta posición pueda haber llegado a ser parte de la Competencia Peruana del Festival de Cine de Lima PUCP es, por supuesto, un honor inesperado.
Nada de esto hubiera sido posible sin el apoyo de la PUCP, que tiene una fuerte vocación tanto por la investigación como por la creación. Buena parte de los profesores somos investigadores, pero también creadores, y creo que la Universidad ha entendido la importancia de apoyar ambas dimensiones. Además, el régimen que tenemos los profesores ordinarios es excepcional en el Perú y, desde mi perspectiva, difícilmente comparable con el de otras universidades del país. Es un oasis en medio de las fuertes dificultades para el desarrollo de una academia libre y comprometida tanto con la docencia como con la investigación.