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Transición energética en Perú: ¿por qué la energía solar todavía no despega?

Aunque el país tiene una de las mayores radiaciones solares del mundo, la capacidad instalada de energía solar apenas rondó los 700 MW en 2025, una cifra baja si se considera que cubre solo una fracción mínima de la demanda eléctrica nacional. El investigador Jan Amaru Töfflinger explica por qué esta alternativa ya es competitiva -con retornos de inversión de hasta tres o cuatro años en algunas regiones-, qué barreras frenan su expansión y cómo nuevas investigaciones buscan reducir la incertidumbre y acelerar su adopción.

Vicerrectorado de Investigación

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Perú tiene una de las mejores radiaciones solares del mundo para generar energía. Sin embargo, ese potencial sigue subutilizado en un contexto en el que la reciente crisis energética -vinculada al gas- ha evidenciado la fragilidad del sistema. Para el docente e investigador de la PUCP, Jan Amaru Töfflinger, esta coyuntura no solo revela riesgos, sino también una oportunidad clara: acelerar la transición hacia fuentes renovables, especialmente la energía solar fotovoltaica.

Su investigación se centra en una tecnología emergente: los módulos bifaciales, capaces de captar luz por ambos lados —la directa del sol y la reflejada en el suelo—, lo que incrementa su eficiencia. A través de un sistema instalado en el Campus Sur de la PUCP (Santa María del Mar), su equipo monitorea a detalle la irradiancia y el rendimiento energético con sensores especializados. Con estos datos, buscan desarrollar modelos más precisos que permitan predecir la producción energética en condiciones reales del Perú y reducir la incertidumbre en proyectos solares.

Frente a la reciente crisis energética en el Perú, ¿puede la energía fotovoltaica ser una alternativa real?

Sí, definitivamente. La crisis reciente, vinculada principalmente al gas natural, ha evidenciado una vulnerabilidad estructural: dependemos de pocos recursos. Hoy la matriz energética peruana se basa sobre todo en gas natural y en energía hidroeléctrica, lo que ha permitido mantener una huella de carbono relativamente baja en comparación con otros países. Sin embargo, esa misma concentración genera riesgos. Lo vimos con el gas, cualquier interrupción en su transporte o producción impacta de inmediato en el sistema. Y en el caso de la hidroeléctrica, el cambio climático ya está afectando la disponibilidad de agua debido al retroceso de los glaciares. En ese escenario, la energía solar fotovoltaica no solo es una alternativa viable, sino una necesidad para diversificar la matriz energética y reducir esa dependencia.

¿Perú está aprovechando esa oportunidad?

No lo suficiente, y eso resulta paradójico. El Perú cuenta con un recurso solar extraordinario: está ubicado en el cinturón solar del planeta, cerca del ecuador, donde la radiación es alta y, además, bastante constante durante el año. A diferencia de países más alejados, que enfrentan inviernos con muy baja radiación, en gran parte del territorio peruano la disponibilidad de energía solar se mantiene relativamente estable. Esa es una ventaja clave. Sin embargo, aunque el país fue pionero en la región -con una de las primeras plantas solares de gran escala en Latinoamérica-, ese impulso inicial no se sostuvo. En 2024, la capacidad instalada aún era limitada en comparación con otros países que avanzan a un ritmo mucho más acelerado. Sin embargo, en 2025 se observa que el Perú comienza a entrar en una fase de crecimiento exponencial en su capacidad fotovoltaica, acercándose a 1 GW para 2026. Existen proyecciones que indican que podría superar los 2 GW hacia 2027 y alcanzar entre 5 y 7 GW hacia 2030. No obstante, en comparación con países como Chile, que actualmente cuenta con más de 10 GW de capacidad solar instalada, el Perú aún presenta un rezago significativo en el desarrollo de esta tecnología.

Entonces, ¿por qué el Perú se ha quedado atrás?

Las razones son principalmente políticas y de planificación. Durante muchos años no existió una urgencia real: el gas natural y la hidroeléctrica cubrían la demanda a bajo costo, lo que redujo el incentivo para diversificar la matriz. A eso se suma un bajo nivel de conocimiento sobre el potencial de la energía solar y, sobre todo, la ausencia de marcos regulatorios adecuados. Un ejemplo claro es la falta de normativa para la generación distribuida, que permitiría a los usuarios producir su propia energía e inyectar los excedentes a la red. Este tipo de sistemas ya funciona en la mayoría de países de la región, pero en el Perú aún no se ha implementado, lo que limita seriamente la adopción a nivel domiciliario.

¿Qué impacto tendría esa regulación?

Sería decisivo. Uno de los principales desafíos de la energía solar es su carácter intermitente, porque se produce durante el día, mientras que el mayor consumo en los hogares suele darse en la noche. Sin mecanismos que permitan gestionar ese excedente, la rentabilidad disminuye. En otros países, la red eléctrica actúa como una especie de almacenamiento virtual. La energía que no se consume se inyecta y luego se compensa en el balance mensual o se vende al distribuidor. Eso mejora considerablemente la viabilidad económica de los sistemas solares. Si el Perú implementara un esquema similar, el crecimiento en el sector residencial sería mucho más rápido.

En términos concretos, ¿qué tan viable es hoy la energía solar en el Perú?

Hoy es completamente viable. En países con alto recurso solar, como el Perú, la energía fotovoltaica ya es una de las opciones más económicas. El principal obstáculo sigue siendo la inversión inicial, pero los tiempos de recuperación son cada vez más competitivos. En zonas del sur del país, por ejemplo, esa inversión puede recuperarse en aproximadamente tres o cuatro años, mientras que en Lima el plazo para sistemas domiciliarios se sitúa entre seis y siete años. En el caso de empresas, donde el consumo es mayor y más constante durante el día, los retornos pueden ser incluso más rápidos. Después de ese periodo, la energía generada es prácticamente gratuita, lo que representa un ahorro significativo a largo plazo.

¿Y el mantenimiento? ¿Es complejo?

No, en absoluto. Si la instalación se realiza correctamente, el mantenimiento es mínimo. En lugares áridos como Lima, basta con limpiar los paneles ocasionalmente para evitar la acumulación de polvo. Los sistemas están diseñados para operar durante décadas y los posibles fallos suelen ser puntuales y fáciles de resolver. No es una tecnología que requiera intervenciones constantes ni costos elevados de mantenimiento.

Entonces, ¿quiénes están adoptando más esta tecnología hoy?

Principalmente las empresas. Ellas pueden aprovechar mejor el modelo de autoconsumo, porque su demanda energética coincide con las horas de mayor generación solar. Industrias, agroexportadoras y empresas mineras ya están invirtiendo de forma significativa en sistemas fotovoltaicos, especialmente en zonas como el sur del país o en regiones como Ica. En cambio, el crecimiento en el sector residencial es aún limitado, precisamente por la falta de regulación que permita aprovechar los excedentes de energía.

¿Y qué rol están jugando el Estado, la empresa y la academia en este proceso?

El rol del Estado es fundamental y todavía insuficiente. Se necesitan reglas claras, incentivos adecuados y una visión a largo plazo. El sector privado, en cambio, ya está reaccionando en aquellos casos donde la rentabilidad es evidente. La academia cumple un papel distinto, pero igualmente importante: generar conocimiento, reducir incertidumbre y aportar evidencia técnica. Sin embargo, uno de los grandes desafíos es lograr que ese conocimiento llegue efectivamente a quienes toman decisiones, tanto en el sector público como en el privado.

En ese punto, ¿qué aporta su investigación?

Nuestro trabajo se centra en reducir la incertidumbre técnica y económica de los sistemas fotovoltaicos. Durante varios años, con el financiamiento de Prociencia y de otras entidades, hemos instalado estaciones de monitoreo en distintas regiones del país, donde medimos directamente el rendimiento de sistemas de diferentes tecnologías fotovoltaicas. Esto es clave porque muchas decisiones todavía se basan en modelos teóricos o datos satelitales que pueden tener márgenes de error significativos. Nosotros trabajamos con datos reales, obtenidos en condiciones locales, lo que permite hacer proyecciones mucho más precisas y confiables para proyectos solares.

¿Por qué es tan importante reducir esa incertidumbre?

Porque incluso pequeñas desviaciones pueden tener un gran impacto económico. En proyectos de gran escala, un error de apenas unos puntos porcentuales en la estimación de producción puede traducirse en pérdidas o ganancias muy significativas. Contar con datos más precisos permite reducir riesgos, mejorar la planificación y tomar decisiones de inversión más informadas.

También están trabajando con nuevas tecnologías, como los paneles bifaciales. ¿Qué los hace relevantes?

Los paneles bifaciales representan una evolución importante porque pueden captar luz tanto por la parte frontal como por la posterior, aprovechando la radiación reflejada en el suelo. Esto permite incrementar la producción de energía en porcentajes que pueden ir, dependiendo de las condiciones, desde alrededor de un 5% hasta cerca de un 30%. Además, su costo es muy similar al de los paneles tradicionales, lo que explica su rápida adopción a nivel global

¿Qué desafíos traen estos nuevos paneles?

El principal desafío es la complejidad para estimar su rendimiento. A diferencia de los sistemas tradicionales, aquí no basta con medir la radiación directa y la temperatura. También es necesario calcular cuánta luz llega por la parte posterior, lo cual depende de múltiples factores, como el tipo de superficie, la altura de instalación o la inclinación de los paneles. Esa variabilidad introduce una mayor incertidumbre en las proyecciones.

¿Cómo están abordando ese problema?

Hemos instalado un sistema experimental en Santa María del Mar con sensores que miden en detalle la radiación en distintas condiciones. Esto nos permite analizar cómo influyen variables como la reflectividad del suelo o la disposición de los paneles en la producción de energía. El objetivo es desarrollar modelos más precisos que puedan aplicarse en proyectos reales y así optimizar el diseño de estos sistemas.

Finalmente, ¿cómo se puede traducir todo este conocimiento para que tenga impacto real?

Ese es uno de los grandes retos. La información técnica suele ser compleja y poco accesible. Por eso estamos desarrollando herramientas más simples, como una plataforma web donde cualquier usuario pueda estimar cuánto le costaría un sistema solar, cuánto podría ahorrar y en cuánto tiempo recuperaría su inversión. La idea es traducir el conocimiento científico en decisiones concretas y comprensibles.

¿Qué debería pasar ahora para que la energía solar despegue en el Perú?

Se necesita, en primer lugar, voluntad política para implementar regulaciones clave como la generación distribuida. También es fundamental mejorar la difusión del conocimiento, porque la tecnología ya es competitiva, pero no todos lo saben. Y, finalmente, seguir generando información confiable que reduzca la incertidumbre y facilite la inversión. El Perú tiene todas las condiciones para liderar en energía solar, lo que falta es dar el paso decisivo.