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Pequeños agricultores y el desafío de producir alimentos en Perú

Dos investigaciones lideradas por la doctora Jessika Vásquez Neyra, docente del Departamento Académico de Posgrado en Negocios Centrum PUCP, analizan cómo los pequeños agricultores peruanos gestionan sus cadenas de suministro en contextos de alta vulnerabilidad. Ambos trabajos exponen un escenario marcado por la inseguridad alimentaria, las limitaciones de acceso al mercado y brechas que aún restringen el desarrollo del sector. Frente a ello, los propios agricultores despliegan estrategias basadas en el uso integral de los recursos, la cooperación familiar y la resiliencia.

Vicerrectorado de Investigación

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Las investigaciones de Jessika Vásquez parten de un escenario paradójico: en el Perú, un país con gran diversidad de recursos agrícolas, los pequeños agricultores que cultivan la tierra no ocupan un lugar prioritario en la agenda pública y privada. Esta invisibilización profundiza problemáticas estructurales como la inseguridad alimentaria, que pone en riesgo el acceso estable a alimentos suficientes y adecuados en la población peruana. Es en este terreno de exclusión donde Vásquez identifica el primer reto que enfrentan los agricultores en su día a día.

La segunda limitación tiene que ver con la inserción en el mercado. Los pequeños agricultores, que trabajan parcelas de casi una hectárea, enfrentan distancias geográficas, falta de infraestructura adecuada y altos costos logísticos para trasladar su producción desde zonas rurales hacia los centros urbanos, lo que reduce sus posibilidades de negociación, y su competitividad frente a intermediarios y cadenas de mayor escala.

A esto hay que añadir  el cambio climático, que agrava este panorama. Heladas, olas de calor y variaciones en los ciclos agrícolas impactan directamente en la producción. “Con el cambio climático, se hace todavía más difícil predecir si realmente se podrá tener una buena cosecha”, advierte la investigadora, subrayando la fragilidad de una actividad altamente dependiente del clima. Frente a este triple desafío, las investigaciones de Vásquez exploran las respuestas que los agricultores construyen en su día a día para mantener la producción en pie.

La tierra y la familia

Esta disminución en la participación de los jóvenes abre un riesgo de ruptura en el traspaso de saberes, prácticas y cultivos que se han transmitido de generación en generación. De esta manera, se evidencia una nueva paradoja: “Cada vez hay menos personas trabajando en la tierra, pero cada vez más personas necesitamos ser alimentadas”.

En sus estudios, publicados recientemente en dos revistas de impacto académico (ver recuadro), Vásquez se propuso comprender cómo los pequeños agricultores organizan su producción en distintas zonas del Perú. Uno de sus hallazgos más relevantes está vinculado con la importancia del núcleo familiar en el trabajo en el campo: tradicionalmente, las labores de la tierra se articulan a partir de redes de apoyo entre familiares, especialmente en momentos de siembra y cosecha. Sin embargo, en este aspecto, aparece una tensión: las nuevas generaciones muestran cada vez menos interés en continuar con la actividad agrícola, en gran medida por la baja rentabilidad y las condiciones de vida asociadas a este trabajo.

Producción responsable

Las investigaciones también revelan las estrategias que los pequeños agricultores desarrollan en su labor cotidiana para optimizar el uso de recursos. Llama la atención que, aunque no se denominen así, muchas de estas prácticas ancestrales se alinean con los principios de la economía circular, un enfoque que hoy cobra creciente relevancia en distintos sectores productivos por su capacidad de reducir residuos, reaprovechar materiales y promover sistemas más sostenibles. “Todo es orgánico, ecoamigable. Los agricultores tratan de no utilizar nada químico y más bien reutilizan todo lo que pueden”, describe Vásquez sobre las actividades observadas en el campo.

Este sistema de aprovechamiento se extiende a todo el sistema productivo: desde los residuos de cosecha que se convierten en compost hasta las heces de animales que se utilizan como abono, pasando por la rotación de cultivos que evita el desgaste de la tierra. Este ciclo de producción responsable también incluye un manejo sostenible de los excedentes, que no se desperdician, sino que se integran nuevamente al ciclo productivo o social, ya sea como alimento para animales, para el autoconsumo o mediante su distribución entre familiares y miembros de la comunidad.

por Jornada Inaugural
Las agroferias, un puente en construcción

¿Cómo acercar la producción de los pequeños agricultores al mercado urbano? Frente a esta pregunta, Jessika Vásquez destaca el papel fundamental que cumplen las agroferias como espacios que permiten la venta directa, y transforman la relación entre los productores y los consumidores finales. “Es una ventana importante para vender sus productos”, sostiene.

Es el caso de ferias como las del distrito limeño de Magdalena, donde alrededor de ochenta unidades productivas -es decir, ochenta familias- organizan su semana entre el trabajo en la chacra y la venta, combinando producción y comercialización en un mismo ciclo. Además del impacto económico, estas ferias generan procesos de aprendizaje en los consumidores. En ese sentido, Vásquez afirma que los estándares estéticos del mercado convencional -los supermercados, por ejemplo- promueven criterios de perfección visual que no siempre se corresponden con la calidad real del producto. Los productos orgánicos de mayor calidad, en cambio, presentan variaciones e imperfecciones naturales en su forma y apariencia, y esa diferencia se hace visible sobre todo a través de la experiencia directa y el intercambio personal con los pequeños productores.

Estado, empresa y academia

Otra manera de poner en valor el trabajo de los pequeños agricultores es mediante una articulación entre el Estado, la empresa privada y la academia. Según apunta Vásquez, existe la necesidad de estrechar los vínculos entre estos tres actores para preservar las prácticas que desarrollan los productores y potenciar su alcance. 

Mientras que el desafío del Estado pasa por mejorar la conectividad, ampliar el acceso a mercados y diseñar políticas diferenciadas; en el caso de la empresa privada, el reto consiste en impulsar iniciativas que faciliten la integración de los pequeños agricultores en cadenas de valor más amplias. Desde la academia, se requiere comprender, visibilizar y acompañar estas dinámicas, generando conocimiento y soluciones acordes con la realidad del campo. Investigaciones como las de Jessika Vásquez son un primer paso en esa dirección: poner en evidencia, con rigor académico, un trabajo que durante mucho tiempo permaneció invisible.