Nuevas claves para entender la crisis política en el Perú
Un grupo de investigadores analiza dos siglos de historia republicana desde la evolución del poder público y la participación ciudadana. A puertas de las elecciones generales de 2026, su enfoque académico permite identificar patrones y continuidades que ayudan a explicar el momento actual de nuestra política.
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En un contexto político marcado por la desconfianza ciudadana, la fragmentación y la cercanía de nuevas elecciones generales, entender el momento actual exige mirar más allá de la coyuntura. Una investigación reciente, elaborada por el Grupo de Investigación de Políticas Públicas y Gestión Pública de la PUCP, propone hacerlo desde una perspectiva distinta: no como una reconstrucción más de la historia republicana, sino como una reflexión política y sociológica sobre sus procesos de largo plazo que nos ayude a comprender el presente.
Para lograrlo, el estudio llamado Perú: Estado y democracia en el nivel subnacional toma como referencia temporal dos siglos de vida republicana y se organiza en torno a tres ejes: el Estado, la democratización y la democracia. Luego de esta primera aproximación, la investigación se centra en lo que denomina “coyunturas críticas”, entendidas como momentos de quiebre que permiten observar continuidades, tensiones y cambios a lo largo del tiempo. La independencia, la guerra con Chile, la crisis de la República Aristocrática, la revolución militar y el periodo marcado por el terrorismo, la hiperinflación y el colapso de los partidos, son algunos de esos hitos que conforman la columna vertebral del análisis.
Uno de los hallazgos centrales de esta investigación es que la democracia no surge de manera automática, sino como resultado de la correlación de fuerzas entre el Estado y los procesos de democratización social y política. Este proceso culmina especialmente cuando la democratización favorece la formación de partidos con mayor capacidad de organización y negociación, capaces de canalizar demandas sociales y políticas y de influir efectivamente en la agenda democrática del Estado.
Otro resultado del estudio que llama la atención es que los avances democratizadores -como las demandas sociales organizadas-, que a simple vista podrían parecer progresos, no siempre se consolidan en estructuras estables ni en prácticas de gobierno efectivas. Como lo explica Gabriela Rengifo, una de las investigadoras del proyecto, “no todos los procesos democratizadores han derivado en instituciones democráticas sólidas o en formas democráticas de gobierno persistentes en el tiempo”. En algunos casos, estos procesos han terminado alimentando dinámicas autoritarias.
En esta misma línea, José Manuel Magallanes, coordinador del estudio, vincula estas fragilidades con un trasfondo social más amplio. “No estamos luchando por acceder a una buena salud, a una buena educación o a servicios públicos de calidad. Más bien, estamos aceptando una vida mediocre. Nos conformamos con pagar 50 soles por una consulta médica o 300 soles por un colegio”. Para él, se corre el riesgo de que ese mismo conformismo se traslade al ámbito político, derivando en apatía o indiferencia.
“No todos los procesos democratizadores han derivado en instituciones democráticas sólidas o en formas democráticas de gobierno persistentes en el tiempo”.
La democracia en el diván
La tensión ha marcado buena parte de la historia peruana, con protestas e insurrecciones que se remontan a distintos periodos del país. Según el estudio, si bien estas demandas sociales han sido recurrentes -algunas de las más recientes se dieron contra los gobiernos de Dina Boluarte y José Jerí-, su reconocimiento institucional ha sido insuficiente e incluso ha existido estigmatización. “En el Perú las protestas sociales, en general, no han sido legitimadas por las élites ni por el Estado. Siempre han sido reprimidas. El terruqueo, por ejemplo, es una práctica que busca deslegitimar estas demandas”, señala Sinecio López, uno de los coautores de la investigación. El resultado es una democracia con bases que no necesariamente reflejan el sentir popular. “En el caso peruano, y en la mayor parte de países latinoamericanos, tenemos la democracia como forma de gobierno, pero no como tipo de sociedad, porque hay desigualdad, discriminación, privilegios”, afirma López. Esa brecha entre reglas formales y realidad social resulta clave para comprender las dificultades que atraviesa el sistema político en la actualidad.
Otro de los aspectos que la investigación pone en perspectiva es la relativa juventud de la democracia peruana. Para ilustrar esta postura, la investigadora Gabriela Rengifo propone como ejemplo el sufragio universal, que se estableció recién en 1980. “Estamos hablando de apenas 46 años. Es, en términos simples, la vida de una persona”, explica.
Esta fragilidad se refleja en una crisis de representación que no es nueva, pero que hoy se hace más visible que en periodos anteriores. A diferencia del siglo XX, cuando la dinámica política se articulaba a través de partidos con programas e ideologías, en el siglo XXI esta se ha desplazado hacia una lógica de audiencia, mediada por la imagen y los canales digitales. La investigación sostiene que la confianza ciudadana ya no se construye tanto en la organización política como en la percepción que se tiene de los liderazgos. Es decir, prima la imagen pública y la gestión de la comunicación sobre las propuestas concretas y la trayectoria de los actores políticos.
“En el caso peruano, y en la mayor parte de países latinoamericanos, tenemos la democracia como forma de gobierno, pero no como tipo de sociedad, porque hay desigualdad, discriminación, privilegios”.
En este escenario, la aparición de outsiders no resulta tan sorprendente. “Son un síntoma de la crisis de representación de los partidos, desde que primero Belmont y luego Fujimori ganaran elecciones a fines de los ochenta e inicios de los noventa”, explica Sinecio López. Sin embargo, estos liderazgos tampoco lograron consolidar alternativas duraderas. En su lugar, emergieron estructuras que los investigadores describen como “partidos patrimoniales”, donde el control se concentra en grupos reducidos y sus “propietarios”. El resultado no es otro que una política sin políticos y una democracia sin partidos.
El presente crítico
El marco analítico de la investigación también permite observar el presente como una posible nueva coyuntura crítica. Esta quedaría traducida en las tensiones entre poderes del Estado, las disputas ideológicas, las acusaciones de fraude electoral y el debilitamiento de los consensos básicos, entre otros factores con los que los peruanos lidiamos cotidianamente.
Sin embargo, las coyunturas críticas también pueden implicar momentos propicios para el cambio. “Siempre ha habido una ventana de oportunidad”, señala José Magallanes. Según comenta, esas ocasiones favorables no siempre se han sabido capitalizar: a pesar de que presentan un espacio para impulsar reformas o ajustes importantes, muchas veces se desaprovechan por falta de decisión política o de coordinación institucional. Al referirse a la pandemia, por ejemplo, sostiene que este pudo haber sido un momento para replantear políticas públicas clave, pero que finalmente no se logró aprovechar. “No estamos aprovechando estas oportunidades. Debemos haber tocado fondo ya, pero encontramos que siempre hay caídas más profundas”, afirma.
“No estamos aprovechando estas oportunidades. Debemos haber tocado fondo ya, pero encontramos que siempre hay caídas más profundas”.
El rol ciudadano
Frente a este panorama, la pregunta sobre el futuro de la democracia en el Perú sigue abierta. Para algunos de los investigadores, una posible salida pasa por la capacidad de articulación social. Sinecio López plantea que una movilización masiva y sostenida podría reconfigurar el escenario político y permitir la construcción de un sentido de pertenencia más amplio. Más que cambiar de gobiernos de turno, lo que se busca es transformar las bases sociales de la democracia.
En esta misma línea, José Magallanes subraya que las condiciones para pensar en un cambio sí existen, pero requieren de una ciudadanía activa y persistente. La tecnología actual, como las redes sociales, facilita la organización de las personas, pero no reemplaza la necesidad de construir una agenda común ni de una vigilancia constante. “Sin esa presión sostenida”, advierte Magallanes, “es difícil que se produzcan cambios significativos”.
A las puertas de un nuevo proceso electoral, estas reflexiones no ofrecen respuestas inmediatas, pero sí un marco para pensar el país con mayor profundidad. Entender el presente político no implica únicamente analizar candidatos o encuestas, sino reconocer las trayectorias históricas que han configurado las instituciones, las prácticas y las expectativas ciudadanas. En ese cruce entre pasado y presente, se juegan también las posibilidades del futuro democrático del Perú.