Fuerza animal | Malecón de Iquitos. Son las dos frases que, a modo de título en el extremo inferior derecho y junto con los colores sepia y el delgado marco de la obra, refuerzan la idea de una postal de época de la ciudad. En este juego de marcos – el marco exterior que enmarca el marco del boulevard de Iquitos, pero, también, un marco temporal presente que enmarca el período de bonanza cauchero -, es posible preguntarse por qué es lo que se enmarca, qué se desea que sea visto, apreciado y circulado de la ciudad: la explanada amazónica y el río – en un paisaje domesticado que nos recuerdan los trazos del naturalista Otto Michael – y los símbolos de civilización y modernidad; los balaustres del malecón, los postes de alumbrado público y una escueta bandera representando a la patria. Sin embargo, el centro lo ocupa una poderosa imagen que se sale del marco, se desborda, que ya no puede ser contenida, ocultada por más tiempo: una figura femenina transgénero con alas de mariposa (en clara alusión a la transformación), yace caída y desnuda sobre en el cemento, sobre un charco negro – posiblemente del petróleo que ha hecho posible ese marco / quimera de modernidad.
Es decir, ya no pueden permanecer ocultas por más tiempo la violencia y la destrucción ambiental y social sobre las que está producido cierto emblemático paisaje urbano de Iquitos, pero, sobre todo es el cuerpo de un transexual; lo no clasificado, lo que se resiste a la oposición binaria hombre-mujer, lo que escapa al marco clasificatorio, al mariposario de los naturalistas – como lo fue el propio Michael -, al orden “natural” de las cosas y de los cuerpos.
La mujer mira, con dolor, pero de manera serena, al espectador y lo interpela. Interpela la violencia que esconde ese paisaje aparentemente calmo – de aguas serenas del río y la bandera caída sin movimiento -, que puede ser transformado por una tormenta, como lo sugiere el cielo encapotado. Y esa transformación, ese rompimiento de los marcos que encorsetan cuerpos y naturaleza, podría ser esperanzadora: a los colores sombríos – grises y sepia – del paisaje se les opone la viveza de los colores de las alas de mariposa y el pálido rosado de los labios de la mujer.
Los inocentes. El transgresor relato de Oswaldo Reynoso sigue a un grupo de adolescentes que, con el telón de fondo de una Lima empobrecida y marginal, van descubriendo su sexualidad en su paso por un mundo de machos que juegan a adultos. Los cinco jóvenes que ocupan la escena compuesta por Bendayán poseen muchos de los atributos de una exacerbada masculinidad viril: botellas de alcohol, drogas fuertes, tatuajes, lentes oscuros, pulseras y collares de mostacillas y polos manga corta. Y es que esta imagen de masculinidad también se encarna visualmente en los cuerpos de estos jóvenes: torsos desnudos, pieles tatuadas por alacranes, sobrenombres – “El Arabe” – y corazones – en cuyo centro se lee “Iquitos” -, cabellos largos y lóbulos horadados por piercings. Una masculinidad retadora llevada al extremo. Pero hay más que virilidad y marginalidad en la imagen; el título de la obra remite inequívocamente a uno de los personajes y períodos más oscuros de la Amazonía; el cauchero Julio César Arana y su imperio de terror en el Putumayo, sostenido en parte por los llamados “muchachos de Arana”, su guardia personal. La pared de azulejos de fondo remite a esa doble oposición: un glorificado pasado versus un deteriorado presente y, además, una fastuosa superficie que apenas encubre el horror – y la sangre, como la muestra el bividí manchado de rojo – y la explotación que la hicieron posible. Los azulejos, compuestos por líneas y puntos, nos hacen recordar al arte indígena del kené, pero también a las cruces católicas y a una mirilla de rifle en un macabro juego de tiro al blanco. Pero si en el fondo de Rosquita – el personaje del relato de Reynoso – hay bondad debajo de sus miserias y palomilladas, en los personajes de Bendayán solo hay miradas esquivas y el negro reflejo de unos lentes obscuros. Mientras en Rosquita existe la posibilidad de esperanza y futuro, en los jóvenes de Bendayán ese futuro está cerrado por un opresivo presente.
La siesta de un fauno. Un joven durmiendo plácidamente sobre cartones en el cemento, la vereda de una calle frente a una pared de azulejos. De un lado, es posible encontrar un polo de significación que alude al contraste entre la pobreza material del joven – la camisa abierta que muestra un bividí negro, unos pantalones cortos, los pies sucios y descalzos – que yace durmiendo sobre unos cartones viejos en el suelo y a la intemperie y la riqueza a la que hacen referencias unos azulejos propios de las casonas que se construyeron tras la bonanza cauchera de inicios del siglo XX en Iquitos. Este polo de significación condensaría el contraste entre riqueza y explotación (de la naturaleza y las personas) anterior y pobreza actual; una implica a la otra, son caras de una misma moneda. Cabe resaltar, sin embargo, que esta noción de pobreza material se enuncia desde un punto de vista foráneo; pues el yacer sobre cartones en la calle es una práctica extendida en la tropical y amazónica ciudad y tiene más connotaciones de descanso matutino que de precariedad extrema.
Carne y piedra, cuerpo y ciudad, naturaleza y civilización. Siete jóvenes mujeres en fila india en el centro de la escena con sus sonrisas, labios rojos, ojos delineados, mirada decidida hacia el espectador – el ojo masculino del fotógrafo / artista – y cuerpos curvilíneos, mestizos y sensuales vestidos con ropas de salida de noche. De fondo, el perfil de una ciudad que da al río; casas ordenadas y edificios de uno y dos pisos con techos a dos aguas sobre un paisaje verde domesticado — ¿no se vería similar el perfil de una pequeña ciudad de finales del siglo XIX sobre el Rin? Siete muchachas que parecen flotar sobre el río surcado por barcos a vapor blancos, elegantes, pulcros, con hombres de traje y sombrero.
Orfandad. Cinco niños lustrabotas formados en una suerte de parodia de escolta militar; tres sentados sobre sus cajas de trabajo y dos de pie en los extremos con sus cajas sobre el hombro cual fusiles de madera. Cinco niños lustrabotas bajo el sol inclemente de la mañana sobre sus rostros, solos en la amplitud de la plaza, posan – entre marciales y juguetones – ante el lente de Falconi en pantalones cortos y – al menos dos – descalzos; suerte de ironía del oficio. Cinco niños que acrecientan la sensación de orfandad al tener de fondo un monumento heroico; obelisco coronado por la estatua de una mujer / soldado guerrero con sable en alto sostenido por el brazo derecho. Imposible no sentir la punzante contradicción entre la monumentalización que glorifica a la patria y su llamado a la guerra a sus hijos ilustres y el desamparo de unos niños cuyas edades no parecen llegar a los diez años.
Efímero, a contracorriente. Así como en el poema “El guardián del hielo” de José Watanabe, en el que el hielo se derretirá bajo los rayos del sol a pesar de los esfuerzos de su guardián-niño que se prepara para crecer y enfrentar la vida, así es vano y a contracorriente el esfuerzo del chauchero, quien carga con esfuerzo bloques de hielo en la espalda en el calor de Belén. Es a contracorriente el esfuerzo del chauchero; esfuerzo que lo obliga a tensar las venas de sus piernas y pies y lo mantiene con la mirada absorta en el piso. No solo se derretirá el hielo, sino que, ni siquiera las miradas de la vendedora de pescado y los clientes en el mercado callejero se detendrán en él. Tal vez, el pescado terminará por pudrirse, en esa ciudad en la que todo es finalmente reclamado por la naturaleza; tal vez estos personajes permanecerán en esa suerte de submundo que bulle por debajo de los balaustres de la ciudad. A pesar de lo efímero, en una tarea casi inútil, el chauchero va a contracorriente, persiste, se rehúsa a desaparecer como personaje que habita el mundo de Belén; seguirá llevando a tiempo el hielo que preserve, aunque sea por un breve tiempo, los alimentos. En su instantaneidad, la fotografía muestra su existencia, literal, de carne y hueso. ¿Qué vendrá luego? ¿Se derretirá el hielo? ¿Desaparecerá el chauchero – como Don Segundo Sombra del paisaje de las pampas argentinas – del paisaje fluvial de Iquitos? Es una historia que la fotografía invita al observador a completar con sus propias fantasías.
